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El Emigrante

Soy Raimond, natural de San Vicente, nacido a finales de la década de los treinta. Ahí me crié como todo chaval de la época. Con pocas holganzas de bienestar, pero como no conocías otra cosa, pensabas que era lo mejor.

Siempre tuve aspiraciones por conocer lo que podía haber fuera del contorno. Subías a la Pena da Roca y echabas la vista al horizonte y no veías más que para el Este los montes de Fiouco, Alto da Corda, etc. Mirabas para el Oeste y todo terminaba con Cavana de Vella, Montes de Tronceda... Mirabas para el Norte y se te presentaba el mar. Y por el Sur veías que la carretera que pasaba por San Vicente se perdía en la Xesta. Éste era el pequeño mundo en que me tocó nacer.

Llegó un día que me decidí, como muchos más de la parroquia, a buscar fuera lo que no me podía dar mi entorno. Me fue bien y ahí tienes a Raimond ya jubilado, pero con añoranza de visitar a San Vicente. Y al fin llegó el día.

Pasado “o Candaedo”, en concreto Miravales, me detuve a observar la vista panorámica y noté enseguida que había muchos más árboles, caminos más amplios, muchas fincas a monte. Me vinieron a la mente muchos recuerdos, sentimientos, un sin fin de cosas que me resultaría imposible redactar.

Barrio do Pedroso – 17/05/03

En los Pilós me tomo la bajada por el camino ampliado que me lleva por cerca “Do Ollo da Fonte”. Me la quedo mirando cómo echa agua por el caño, medio carcomido por los años (Le vendría bien una restauración a esta rústica fuente). Me tomo un trago a gusto. ¡Qué buen agua! No es que lo diga Raimond, es que lo dice todo el mundo. Anda que no pasó gente a coger el agua para sus casas: Los de las Casas d´Arriba, Cibadoiro, Aldea, O Carballo, con aquellas sellas de madera, con tres aros de bronce bien relucientes, y equilibradas en la cabeza. O dos cubos en los extremos de un palo al hombro, con dos hojas de berza en cada uno para no salpicar los talones. Había que ingeniárselas. Pero todo esto se terminó con el agua corriente en las viviendas. Estas sendas que llevaban a la fuente, van cayendo en desuso. Las zarzas se encargan en dificultar el paso y las crecidas, en deteriorar el lecho. Así se van perdiendo estos caminos cargados de historia.

Y así entretenido llego a la pinguela, lavadero de los de la Aldea. No queda más que el sitio. A lo que veo aparecer una vaca y seguido Santi, un poco encorvado por el paso de los años y la dureza de la vida en estos lugares.

Raimond.- “¡Hola Santi!..., ¿qué es de tu vida?”

Santi.- “Si é Raimond... (se dan la mano) ¿Vés logo a dar unha volta?”

Raimond.- “Los que estamos fuera recordamos con “morriña” el lugar, la gente, los mayores que inquietábamos con nuestras travesuras. Todo eso se lleva en el corazón, Bueno, no nos pongamos nostálgicos... Eras un chaval cuando me fui.”

Santi.- “pois xa ves... coma todo o mundo, caseime, tiven fillos. Con traballos fomos sacando á familia pra diante. E ó final quedamos outra vez os dous solos... Aquí non quedamos máis que os vellos. E mira que temos comodidades: lavadora, auga fría e quente, cuarto de baño, luz, televisión..., pero nin por eso... Cobramo-los dous e mentras nos vamos valendo, non temos duda, pro cando non poidamos, non sei que vai ser de nós.”

(Se le metía una vaca en un huerto y tuvo que ir a “tornala” a toda prisa y con la misma nos despedimos)

Raimond.- “Ya hablaremos en otro momento”.

Santi.- “Veña logo. E alégrome...”

A todo esto me presento encima del camino da Biela. Sorprendido al verlo totalmente cerrado por las zarzas. ¿Qué mal habrá hecho para ensañarse de esa manera la vegetación? Siempre fue uno de los atajos más utilizados por todos los vecinos, a pesar de su pendiente. Y por donde me veo a la señora Ramona con un fajo de berzas, camino adelante, ayudada de un palo...

Raimond.- “Señora Ramona. No pasan los años para usted...”

Ramona.- (Se me queda mirando fijamente, haciendo de visera con la mano) “Levo-demo si non sei quen es”.

Raimond.- ¿No recuerda al que le rompía los pucheros de barro colocados en el palo del palleiro?”

Ramona.- “Ay camalleirán. Dios mo perdone...Así Dios me salve, non te conocía...”

Raimond.- ¿Qué tal está el señor Farruco?”

Ramona.- “Ay, Dios pregunte por ti...Xa fai catr´anos que morreo. Os demais xa ves, cada vez a menos”.

Raimond.- “Pero si está hecha un roble...”

Ramona.- “Ay xahora, si non fora o mal que vai por drento. Non ves, meu filliño, que xa non poido doblar os dedos da man... Xa non valemos pra nada... Para que che vou contar. Todo se xunta pra vellez... E tú ¿que tal?”

Raimond.- “Estoy jubilado y ahora a vivir mientras la salud nos lo permita. Y luego Dios dirá”.

Ramona.- “Se non é moita a pregunta ¿vas estar moitos días?

Raimond.- Depende...Quería vender unos árboles y unas fincas si hay quien compre”.

Ramona.- “Está todo muy parado. A ver si tes suerte”.

Raimond.-“A cuidarse, señora Ramona, que quedamos poucos”.

Ramona.- “E tú que o digas... Adiós meu santiño”.

O Combarro– 21/01/04

Estoy en la parte más alta de las Cuvelas. Se trata de un camino que en algunas épocas del año era lo suficientemente ancho como para circular vehículos de tracción animal, para luego quedar sólo peatonal (carreiro) durante el resto del año.

Da cantidad de servicios a distintos puntos: Campón, Os Muiños Vellos, Subchao da Bouza, as Aceas...

As Aceas fueron una agrupación de industrias hidráulicas donde estaban instalados los molinos, herrería y una central eléctrica. Partían cantidad de caminos que unían con un sin número de pueblos de toda la redonda. Hasta venían de las Invernegas y Cadavedo, para hacer uso de los servicios de estas instalaciones.

El molinero era un verdadero artesano de la época que atendía todo el complejo. Lo mismo te hacía la molienda de trigo, maíz, centeno, mestura; que te arreglaba la varilla rota o la cadena de un paraguas, te reparaba el agujero de un puchero, etc, etc. En la herrería te afilaba tanto un cuchillo, como las hoces para la época de la siega.

Y no digamos los trabajos de la forja. ¿Cuántas anxadas pasarían por sus manos para añadirles más acero en su emboque? (herramientas destinadas para roturar monte a mano).

Y no hablemos del tema eléctrico. Tenías cualquier avería, él era la solución.

De la Central partía la corriente para el alumbrado de todo San Vicente durante medio siglo. A partir de entonces las exigencias se fueron incrementando con la llegada de los electrodomésticos y otras necesidades, para las que este tipo de energía no era adecuada.

Los tiempos cambian y la naturaleza sigue su curso como queriendo recuperar todo el terreno que le quitaron cuando se realizó toda la obra. Es lenta, pero no se detiene en su persistencia.

Quiero acercarme a la antigua iglesia por la senda de siempre, pero como dice el poeta: “Los Caminos se hacen al andar”..., y desaparecen cuando no se usan. Eso le pasó al “carreiro” que unía el molino con la iglesia. Al abrir la nueva carretera, ya no tiene sentido tal camino.

Me gusta como quedó la restauración de la capilla. Se trata de un edificio cargado de historia. Tengo muy buenos recuerdos.

Me asomo a la pared del cementerio y, hay que ver como destacan las hortensias con sus flores, unas azules y otras moradas. Está la hierba bastante alta, pero aún se pueden ver las lápidas de nuestros seres queridos, antiguos vecinos... Intento leer alguna que está más cercana – Remedios, Atilano, Santiago, Antón, Rosa, Änxela, José, Estrella, Basilisa, José Manuel, Rosendo, Gregorio... Hay muchas más, pero al estar tan crecida la hierba, están como tapadas y dificultan la lectura. A todos éstos y muchos más con los que me tocó convivir, quiero tener un recuerdo y elevar una oración por su alma. Es lo mejor que se puede hacer. Descansen en paz.

Se me hace tarde. Me voy para Mondoñedo a ver si encuentro donde dormir que mañana será otro día. Un saludo.

Ángel Chao Falcón

Los Curas de San Vicente de Mondoñedo (1897 – 2004))

Mi amigo Germán Chao Falcón, hijo de San Vicente, me pide un trabajito para la revista que está elaborando para las próximas fiestas del Patrono. Incluso me indicó el tema, con la apostilla de que sea breve.

Con gusto accedo a la propuesta de Germán, aunque no sé si la relación será tan breve como él pretende, porque son nada menos que 16 nombres que hay que consignar. De ahí que me vaya a limitar a señalar los pastores que rigieron la parroquia de San Vicente hasta hoy, añadiendo a cada uno su lugar de origen, fecha de nacimiento, año de ordenación y años de atención a la parroquia, así como el año de la defunción de los hasta ahora fallecidos.

Xunto ó Santo – 23/01/63

La parroquia de San Vicente fue desmembrada de la de Santiago de Mondoñedo y creada como anejo de la de San Lorenzo de Sasdónigas en el arreglo parroquial de 1896, empezando a funcionar como tal en agosto de 1897. De ahí que los curas de Sasdónigas lo eran, a la vez, de San Vicente, menos los tres últimos de la relación, que atendieron sólo San Vicente.

Con esta breve y obligada introducción, pasamos a dar la lista de los rectores espirituales de san Vicente de Mondoñedo.

1. D. Manuel Braña Valle: Nace en Nois en 1871. Se ordena sacerdote en 1896. Fue el primer párroco de San Vicente, hasta su muerte, muy joven, en 1915.

2. D. Francisco Vérez Pico: Nacido en San Miguel de Candamil, en 1878. Recibió la ordenación en 1903. Rige la parroquia de san Vicente entre los años 1915 a 1920. Falleció en 1964.

3. D. José Antonio Chao Ledo: Nace en el propio San Vicente, en 1888. Fue ordenado sacerdote en 1917, siendo cura de San Vicente de 1920 a 1923. Fallecía en 1964.

4. D.Antonio Doural Núñez: Vino al mundo en la ciudad de Mondoñedo, en 1893, recibiendo el sacerdocio en 1919. De 1923 a 1951 fue cura de San Vicente. Murió en 1952.

5. D. Gumersindo Couto Puente: Rigió la parroquia de San Vicente de 1952 a 1956. Era natural de Mos, nacido en 1906, siendo ordenado sacerdote en 1935. Murió en 1962.

6. D. José Antonio Chao Ledo: Regenta de nuevo la parroquia los primeros meses de 1957.

7. D. Manuel Legide Castrillón: Nacido en Bretoña, en 1933, fue ordenado sacerdote en 1957 y estuvo de cura en San Vicente desde mediados de 1957 a 1959. Falleció el presente año de 2004.

8. D. Antonio Cajete Carballés: Natural de Gerdíz, donde nació en 1935. Recibió la ordenación en Comillas, en cuya universidad se graduó en 1959. Inmediatamente se incorporó a Sasdónigas y San Vicente, parroquias que atendió hasta 1960. Falleció en 1977.

9. D. Manuel Mejuto Sesto: Fue cura encargado de San Vicente de 1960 a 1961. Había nacido en Santa María de Vimianzo (Melliz), en 1933 y recibió la ordenación sacerdotal en 1957.

10. D. Manuel López Reigosa: Natural de Ferreira del Valle de Oro, donde nació en 1930. Ordenado sacerdote en 1961, rigió la parroquia desde ese mismo año hasta mediados de 1962.

11. D. José Díaz Rodríguez: Nació en Santa Cristina (Cospeito) en 1934 y ordenado sacerdote en 1962, atendió la parroquia de San Vicente, como cura, desde 1962 a principios de 1965. En estos años se construyó la nueva iglesia.

En 1965 no hubo cura fijo en San Vicente, sino que atendieron la parroquia varios sacerdotes, bajo la dirección de D. Felipe Bangueses Bande, párroco de Santiago de Mondoñedo.

12. D. Orlando Sánchez Sánchez: Era natural de San Martín de Mondoñedo, nacido en 1941. Recibió la ordenación sacerdotal en 1965, pasando a ser cura de San Vicente hasta 1968.

13. D. José Luis Fernández de Betoño: Nació en Fuenterravía (Guipúzcoa) en 1916, siendo ordenado sacerdote en 1945. Rigió la parroquia de San Vicente durante diez años, desde 1968 hasta 1978. Murió en el 2002.

14. D. Eugenio García Amor: Como los curas que siguen, atendió sólo la parroquia de San Vicente, contando Sasdónigas con otros curas. D. Eugenio nació en Sante en 1928 y, ordenado sacerdote en Roma en 1953, tuvo el cuidado pastoral de San Vicente de 1978 a 1982.

15. D. José Díaz Campos: Natural de Belesar, donde nació en 1919, había recibido la ordenación en 1944. Atendió a San Vicente casi diez años, de 1983 a 1992. Falleció en el año 2000.

16. D. José Maria Fernández y Fernández: Nació en Arante en 1928, fue ordenado sacerdote en el Congreso Eucarístico de Barcelona en 1952. Viene atendiendo la parroquia de San Vicente desde 1993.

Salvo error u omisión involuntaria, quedan relacionados todos los sacerdotes que atendieron espiritualmente la parroquia del Glorioso San Vicente Mártir, durante un siglo completo. De todos los sacerdotes que se han citado, cronológicamente, podrían ampliarse más datos, pero esto nos llevaría a salir del propósito fijado.

D. José María Fernández y Fernández, actual cura de S. Vicente

Camino de la Escuela (Años 1950-1960)

En las décadas de los años 50 y 60 el ir a la escuela en San Vicente era toda una aventura. Las distancias, el mal estado de los caminos y senderos, los inviernos duros, fríos y lluviosos, la carencia o precariedad de puentes para cruzar el río, etc.

Como en todas las aldeas de Galicia, disponíamos de senderos (Carreiros) a modo de atajos, fijos o de temporada según las cosechas, y caminos de carro o vías principales de comunicación para el vecindario. Eran muy contados los que se encontraban en aceptable estado de conservación, generalmente muy mal; los inviernos y la poca atención que se les dedicaba contribuían a su deterioro y abandono.

En los últimos años, muchos de ellos han desaparecido o pasado al olvido total, debido, sobre todo, a la construcción de pistas, abandono de las fincas de labranza, desuso de los molinos, desaparición de las escuelas, etc.

Os Freixos – 16/07/62

Para mí, los verdaderos protagonistas, son los que usábamos al ir a la escuela a San Vicente, al otro lado del río, a más de dos kilómetros y usando, a ser posible, el camino más corto.

Desde el barrio de Vicos, por donde quiera que fuésemos, siempre teníamos que cruzar el río. Dependiendo del estado del tiempo, podíamos elegir el bajar por “O carreiro da Fontiña” hasta el río; cruzar por unos pasos o piedras no muy seguras y donde las caídas eran frecuentes; o bien por el soporte de la represa que llevaba el agua a los prados de regadío. Una vez cruzado, subíamos por el camino de carro que pasa delante de la capilla y nos conducía al primer barrio de San Vicente, “O Combarro”.

Otra opción, la más usada, sobre todo en época de lluvias, consistía en bajar por el “Carreiro da Fraga” o del molino hasta el río, cruzar por el puente de “Toxeiro”, de servicio peatonal todavía en uso, arrastrado por las crecidas en varias ocasiones y recuperado de nuevo, de construcción sencilla, dos vigas de una a otra orilla sobre las que van grandes losas o “Bargos”, en un ancho de menos de un metro. Cruzado éste pasábamos por el molino “dos Cabaneiros”, actualmente abandonado. A su altura había otro puente por donde cruzaban los que venían de la Valiña, Pradela, Invernegas, etc. En este punto subíamos por la cuesta “da Pena do Gato” cuyo sendero, hoy desaparecido, tenía hechas unas hendiduras en el terreno, a modo de escaleras, en la subida, a fin de lograr alcanzar “o Chao da Pena do Gato”. Si era problema subir, no lo era menos el bajar. ¡Cuántas veces nos hemos caído! Tampoco sabíamos andar despacio. Superado este problema continuábamos por el sendero hasta el camino de carro que va del Pedroso a San Vicente. Este trozo lo cruzábamos de sur a norte por el “Vilar da Pena do Gato”, tierras de labradío anegadas por la lluvia. Por supuesto, y para evitar los charcos, no nos preocupaba demasiado pisar las cosechas, con las consiguientes protestas de los afectados, que se quejaban a nuestros padres.

 Os Cabaneiros – 01/07/01

Ya en el camino del Pedroso que nos llevaba al barrio del Combarro, donde se cruzan los caminos de las dos opciones, nos encontrábamos con la pendiente y resbaladiza calzada de grandes piedras, siempre mojada por el purín que rezumaba de las cuadras de los animales y que, sumado al gran desgaste de éstas, las convertía en pista de patinaje. Por si esto fuera poco, venía el problema de los perros, con los que ni manteníamos muy buenas relaciones, ni era fácil llegar a un acuerdo amistoso. Y todos los vecinos tenían uno o dos perros.

La subida al barrio de la Aldea se hacía por el “Carreiro da Viela”, hoy abandonado y desaparecido en parte y que unía los dos barrios. Estrecho, entre dos paredes, muy pendiente, con una curva cerrada al final de la bajada, para salvar la gran altura sobre el camino que bajaba al río. En época de lluvias se hacía intransitable, La mayor parte del agua del barrio de la Aldea bajaba por él, arrastrando todo lo que encontraba por delante. Cuando lo cruzábamos, sobre todo al bajar, desafiábamos las más elementales normas de buena conducta, precaución, etc. El resultado: Zuecas y ropas rotas o embarradas, caídas con algunas mazaduras o heridas, alguna que otra lágrima, etc. Al llegar a casa: “e tú como vés – caín baixando na Pena do Gato”. Naturalmente nuestros padres no tragaban y nos “sacudían” un poco para sacarnos el barro.

Finalmente y después de cruzar el largo barrio de la Aldea con su jauría de perros, llegábamos a la escuela donde, mañana y tarde, la maestra de turno se esforzaba en enseñarnos y explicarnos los conocimientos fundamentales de cultura general.

El recorrido se hacía cuatro veces al día, con buen o mal tiempo. Aquello era una esclavitud; el calzado, zuecas de madera (los zapatos eran para ir a Mondoñedo, al patrón y poco más); para guarecerse de la lluvia, un saco “o cabicorno”, cualquier otro tipo de prendas de abrigo, o un simple paraguas en los años 50-60, eran artículos de lujo.

Elías Gómez Tojeiro

El Santo Cristo de Limpiás

En el interior de la iglesia parroquial de San Vicente se encuentra un curioso busto del Santo Cristo de Limpias, de una gran belleza, con su mirada hacia el cielo, en expresión de dolor, oración y contemplación.

En la comunidad autónoma de Cantabria se encuentra la villa de Limpias, a la orilla del río Asón, con una población de poco más de mil habitantes. En el altar mayor de su hermosa iglesia parroquial se venera una prodigiosa imagen del Cristo de la Agonía.

A partir del 30 de marzo del año 1919, corre como un reguero de pólvora, por todo el territorio nacional, que en la Villa de Limpias ocurrían cosas extraordinarias:

Se comentaba que la hermosa imagen del Santo Cristo movía los ojos, que palidecía, sudaba e incluso sangraba. El nombre de la población se hace famoso y sus calles comienzan a llenarse de peregrinos y curiosos llegados de los lugares mas recónditos.

El obispo de la Diócesis de Santander introdujo el proceso canónico el 20 de julio de 1920. Transcurrido poco más de un año fueron dadas indulgencias plenarias por un período de siete años a todos los fieles que visitaron el Santo Crucifijo, todavía hoy acuden muchos turistas y peregrinos atraídos por la fama, prodigios y hermosura de la Santa Efigie.


Nos Preguntamos: ¿cómo llegó el busto a su ubicación actual?, pues no encontramos en edificaciones religiosas de los alrededores ninguno más, aumentando todavía más nuestra curiosidad y las ganas de averiguarlo.

Pues bien, lo hemos averiguado: En el año 1924 se celebraba con mayor solemnidad la festividad del glorioso Diácono y Mártir, patrono de la inmediata parroquia de S. Vicente. El distinguido mindoniense D. José Mª Miranda Luaces, acompañado de su esposa, no sólo sufragó los gastos de la parte religiosa, sino también de la profana, para honrar la memoria de su madre Dª. Dolores Miranda Luaces, fallecida en Mondoñedo en abril del año 1917, y viuda del Capitán de Infantería D. Manuel Nogueira Anllo, antiguo vecino del barrio de “O Pacio”. Dª. Dolores disponía de parientes muy cercanos en la familia Nogueira, residentes en los lugares de “O Pedroso” y en el de “O Vilar”.

D. José Mª y su esposa aprovecharon tan oportuna ocasión para regalar a la iglesia parroquial un hermoso busto del Santo Cristo de Limpias.

Los vecinos de S. Vicente se mostraron muy agradecidos, haciéndolo así constar el cura párroco D. Antonio Doural Núñez, durante el sermón de la misa.

Andrés García Doural

A Néboa (In Memoriam)

Chega nas primaveiras. Eu vin isa neboa de Monforte e Lugo e Ourense. As neboas luguesas, monfortinas e orensinas case que veñen sempre no inverno. Chegan o raxa-lo día. As noites quedan coma o cristal. As estrelas tremban no ceio. O frío podese cortar cun coitelo. A xeada brila nos camiños. Nas herbas e nas poceiras, pousa vidros. A curuxa gorgorexa nos soutos e a raposa ladra nos carreiros... Escoitanse ruxir os regatos. Can as follas cunhos estalidos secos.


O lumbrigar o día vense erguer unhos guedellos fleves de néboa do río que pouco a pouco van enchendo o val. O sair o sol xa todo esta tapado. E coma se a un lle puxeran sobor do lombo, o-redor do corpo unha saba mollada. Tase queda. É unha neboa detida que semella que nace do ar ou que todo o ar se voltou neboa, ou que co frio o ar xeouse. Apregase o corpo, tólleo e metese nil ate que cho volta frio coma un caramelo do goteiral.

A neboa do meo pobo é doutra caste. Chega en bruadas, ven de camiño, con presa. Entra por Veigarrubia, pola Pena da Roca e polo Pico e vai baixando ate que cobre todo. As nebras sempre veñen da man do nordés. Esta chega polos outos. É moura.

Iles están argallando facendo muiños no rego, ou casetas de pedra con cangaxe de xesta e teito de lousa ou de tarrós ou andan botando loitas ou riscando entre os penedos sobor das zocas. Chega a neboa coma sempre, por onda sempre e din iles: Vaise baixar a neboa. Miran pro gado e din: - Está ben. E siguen na sua, nos seus xogos, confiados, desmoladiños. Cando se decatan xa non se ven, nin gado, nin monte, nin pobo, nin a carreteira. Todo esta pechado. A dous metros non se olla mais que neboa. Escoitanse pasa-los coches pola carreteira. Namais. Entón paran os xogos e cada un vai a cata das suas vacas ou das suas ovellas.

E atópanas de sotaque ou non. Van cara onde as viran antes de pecharse e estan alí ou non están.

Chaman us polos outros. Contestanse, e se cadra, non porque xa non se on. Cada quen vai para seu lado. Camiñan por entre os toxos. Van o tino. As herbas longas e duras, cunha espiguiña, estan molladas, cunha bagoa de orballo pendurada. O pegureiro escoita a ver se sinte as vacas sega-los bocados daquila herba recia. Parecelle que si, que a sinte e camiña naquila direucion. Nada. Era o ar que acariñaba as herbas. Volve a escoitar pro o latexar do corazón non lle deixa ouvir ben. Parecelle que alí hai unhos bultos e ponse a andar cara alí. Os bultos alonxanse ate que descobre que nos había mais que na sua maxinación. As veces hainos pro son bestas bravas, da grea ou as vacas dun compañeiro, e berralle que as ten alí.


E sigue buscando nas suas. Fíxase se hai pasadas e para que lado van e sigueas. Se cadra son de onte ou da mañá. A nebra caseque sempre se baixa a tarde. Reza para que lle parezan as vacas. Trabucase e volta a escomencipar. ¿Que hora será? Coa neboa, non se sabe se é cedo, ou se está anoitecendo ou se xa logo é noite pecha. Se cadra atopa as vacas ou as ovellas ou parte dílas. Se non atopa as vacas ou as ovellas e facel que na casa lle unten a badana. Se non atopa as vacas todas anque soio lle falte unha pode probalas tamén. Se lle faltan metá das ovellas ou unha boa parte mallano a paos. Ora que se lle faltan mais que catro ou cinco, pode pasar cunha labazada ou se cadra cun bó responso io encargo de que as vaia catar anque seña de noite e non ouse.

As ovellas teñen moito a costume de partirse en bandos e é facele perder un dises bandos coa nebra pecha.

A noite as vacas transe polo Chao ou por Ferreira. Pros dous lados hai carreiros dende o cimbro do monte. O Chao e mais seco. Ferreira ten un bo rego dauga para beber as vacas. As mais das veces viñamos por Ferreira, agás que tiveramolo gado na Lagoa. Entón quedabanos mais a mao o Chao.

Lembrome que as vacas despois de beber quedabanse remoendo tranquias coa panza chea e habia que afalarlles que senon eran capaces de dormir naquila chaira. O rego como era chao pasaba caladiño, escuro. Ouviase o pio dos sapos con son de ocarina, cristaiño, doce e tristeiro, cheo de saudade, coma unha nota soia que se lle escapara a un múseco que non soubera outra. Cavilo que non hai soedade coma a daquiles intres. Non hai mundo. O pegureiro esta soio. Aquil orredor e finxido: as vacas que adiviña por sombras escuras, a nebra que o arredoa pro que nunca pode agarrar. Non hai camiños, nin carreiros, nin arbres, nin outos, nin vales.


Andas e andas sin saber por onde. Atopaste perdido. Perguntaste onde estarás non tes resposta. Vas o tino. Aquil mundo nunca o viche ate que de cote caiche. Decataste daquila pedra ou daqueloutra xesta que atopas diante de ti, ou dun valado ou dun carreiro e amilagraste de estar onde estas. Enton lédaste porque te atopache.

Se eu fora Deus faria o inferno así ias animas penarian nil. Andarian sempre asi, soias, perdidiñas, molladas nas herbiñas, sen sentir mais que o ar manseliño rumbando nas herbas e o piar tristeiro e doce dos sapos nos regos e tarias asi ate que deran cun carreiro ou cunha pedriña ou cun valado que lles sinalara o camiño do ceio.

Io ceio fario no cimbro, cheo de sol, onde escoitaran o cantar grorioso das calandras subindo polo ar hastra perdelas tan outas tan outas que xa non se viran. Habío facer así.

José Chao Falcón

Ay Gavilán

A Manolo en sus años jóvenes le encantaba bromear con la gente de menos edad que él, hasta el punto de llegar a la tomadura de pelo, y todo por la falta de picardía e ignorancia en la mayoría de los casos de la gente joven de entonces.

Todo esto que voy a redactar, sucedió más o menos por cuaresma, próximo a la Semana santa. Como Manolo era divertido y se pasaba bien con él, entre los cuentos que inventaba, la gaita, tambor y bombo y un sin número de instrumentos que les hacía compartir al son de la gaita, siempre estaba rodeado de toda la chavalería. Y seguramente que muchos aprendieron el equilibrio en la bici gracias a la que hizo de madera. A todo esto recuerdo que sobre las diez de la noche tocaba echar el agua en la Favega y Manolo se las arregló para juntar a dieciséis, emitiendo cada uno su número en orden, cuando subíamos por una senda, camino de Paibeira. Los instrumentos no alcanzaban para todos, pero nos turnábamos. No había otra diversión, pero ésta era una “fuera de serie” para aquellos tiempos.

En este caldo de cultivo les fue sembrando la imagen de un ave extraordinaria, nunca vista, de un valor incalculable que, ni un “broite” (buitre) era comparable con ella, y se llama GAVILÁN. Otro día les contaba muchas más cosas acerca de la extraordinaria ave. Al fin averiguó dónde tenía construido el nido, pero nunca les dijo el lugar, y que tenía polluelos y que los pagaba muy bien Arsenio de Paibeira, época en la que éste tenía montada una pequeña taberna en la cartería de Sasdónigas. Y así les fue entusiasmando, pero sin miras a más que un mero cuento.

El caso es que los chavales, con el ánimo tan alto, se encargaron de extender el bulo, siendo cada vez mayor el número de los interesados. Hasta que un día les propuso el plan de coger el GAVILÁN en el nido, aprovechando la oscuridad de la noche sin luna.

Al fin se fijó el día. Un domingo a la noche, después de la salida del calvario (vía crucis). Y, como material para recoger a la famosa ave extraordinaria con sus polluelos, un par de sacos. Nadie faltó a la cita.

Concluido el acto religioso, se concentran para organizarse y se dirigen hacia la carretera, camino de Ferreira. Al fin les anuncia el lugar, “no Rego Carballo”, en el pinar de Chao; pero hay que guardar total silencio para no asustar a las aves y caminar en grupo, para organizarse bien a la llegada, los dos mayores se adelantan con el ansia de llegar los primeros. Ya en el lugar, envía a tres buenos trepadores con los dos sacos y con total sigilo al pie del pino más grande, de la siguiente manera: uno sube hasta el nido, el segundo hasta la mitad del pino y el tercero abajo, para así facilitar el transvase de la mercancía. Y todos los demás a rodear el pinar.

O Rego Carballo – 15/07/62

Se suben al pino más alto y, cuando llega a la cima con el saco para retirar las presas, observa que no hay ningún nido, se lo comenta al que está en medio y deciden subir a otro. Manolo que les oye, empieza a gritar que acudan, que se escapa el GAVILÁN: “Vide todos aquí...., axudádeme a coller ó GAVILÁN..., correde que se escapa...” Entonces es cuando se dan cuenta de la inocentada.

En un principio no se lo creen, que Manolo fuera capaz de engañarles así, vamos, imposible; pero el hecho estaba ahí. Se sentían como avergonzados ante el hecho de llevarles hasta “o Rego Carballo” y a sabiendas de todo el mundo. Casi le pegan. Pero al final se van calmando los ánimos y acaban todos en la taberna tomándose unos vinos a cuenta de Manolo.

A partir de entonces y durante largo tiempo, cualquiera de los afectados que llegara a encontrarse con Manolo, no tenían otro saludo que éste:

“Ay Gavilán”.

Ángel Chao Falcón

Agradecemento

Pra rematar, dámo-las gracias a tódalas persoas que dalgún xeito colaboran nesta sinxela e humilde Revista: Aportando ideas, facendo artículos e hastra dando algunha axuda en cartos, que boa falla nos fan, xa que non contamos con outras axudas.

Germán Chao F.

Recordatorio

Queremos lembrar a D. Manuel Legide Castrillón que, ordeado crego no ano 1957, rexentou temporalmente a nosa parroquia na que traballou con moito empeño e interés a pesar da gran cantidade de dificultades e carencias daqueles anos. Finou en Mondoñedo o 1 de Xuño do 2004 ós 70 anos de idade.

Lembramos tamén á nosa conveciña Aurora García García “A Meilana”, finada en xaneiro do ano 2004. Viviu uns anos nesta parroquia onde criou a dous dos seos fillos “Toño e Manolo”, cos que tanto temos brincado cando levabámo-las vacas pra Pena da Roca, ou andabamos ós arandos, ou ó que se cadraba. Os que a coñeceron nos seos bos tempos dicían que cantaba moi ben. Por aquelas quendas a xente cantaba todo día: Sachando o maiz, mondando no trigo, apañando na estrume, e por suposto nas festas e panderetadas, cando non había outra cousa.

Que o Señor cuide deles e díelles o seo merecido descanso.

Germán Chao F.

Amigo Leutor

De novo, outro ano máis, ofrecémosvos o número dous da “REVISTA SAN VICENTE”, adicada este ano a tódalas MULLERES da parroquia.

“As mulleres de San Vicente, coma tódalas do mundo rural galego, acostumbradas a unha vida dura, chea de dificultades e carencias, merecen un recoñecemento de gratitude.



Eran as primeiras que se erguían pola mañá pra gobernar, atender o gado, muxir as vacas, amaña-lo desauno, atender os pícaros, etc.


Todo o día era un traxín, tanto na casa coma fóra dela. Á noite, cando todos taban na casa e xa cearan, pra ela non remataba aínda: cosía un botón, amañaba algún paxel de roupa, calcetaba, etc. Hastra que era hora de deitarse.

Ter fillos era un suplicio, había que tirar pra diante hastra máis non poder, chegando incluso, en algús casos, a ter que parir soa ou en condiciós infrahumanas.

Non esaxero, elas ben o saben, e se cadra quédome curto. Hoxe, a Deus gracias, a cousa mellorou.

Non sempre era padecer, tamén había boas horas, pra rir, cantar, bailar, e disfrutar, “nunca choveo que non escampase”: Os roxós, o San Vicente, o Antroido, as panderetadas, as fías e algunhas festas de costume.


Duras traballadoras e sufridas, mais a súa pacencia ás veces estoupaba. E senón que llo pregunten ós franceses que aló polos primeiros anos do século XIX, cando xa andaban á desbandada e á rapiña, ocorréuselles visitar San Vicente, e non coma turistas. Pois ben, un dos soldados, con pinta de esfameado, tivo a mala sorte de se atopar con unhas mulleres que taban parolando e vixiando no bogo, a carón da casa dos de Bertelo. Non se sabe cómo foi, o caso é que, según contaron os nosos antergos, unha das mulleres arreoulle cun tallo nas costas ó bo do francés, que sin precisar intérprete, marchou bracando e non se soubo máis del.

Penso que teñen ben merecido o noso cariño e agradecemento á súa labor. Na súa honra, como dixemos, adicamos este Nº 2 da Revista S. Vicente.

Un agarimoso saúdo.

Germán Chao F.